Era un hombre apoderado, respetable y con un buen manejo del dinero. Había tenido todo tipo de contacto con las mujeres. Tenía todo lo que quería; joyas, autos, viajes... y sin embargo nunca lograba saciarse. Podría considerarse un rico más, pero no es así como en realidad se le debería conocer.
En los últimos años había gastado más de trescientos mil euros en cosas que ahora no era capaz de recordar, pero que estimaba necesario comprar en el momento. Tenía su casa llena de objetos muy dispares; de las alfombras y sofás más caros del mundo, al queso en lonchas más barato que había en la tienda. Su forma de comprar dependía de su estado de ánimo, y es por ello que tenía tantas cosas innecesarias; si estaba feliz, no le importaba comprar algo nuevo y curioso. Si, por el contrario, estaba desanimado, iba al súper y se hacía un sandwich. No había que darle más vueltas.
Era capaz de divertirse con el dinero hasta ciertos puntos a los que la mayoría de la población no podía llegar. Se montaba en un avión con destino a Kingston y pasaba el fin de semana en uno de los mejores hoteles de la ciudad. Cuando volvía a casa, le gustaba ir a las subastas y obtener cuadros antiguos en los que se gastaba muchos miles de dólares. Se movía principalmente por impulsos.
Un día de su vida, cuando creó haber encontrado el verdadero amor, la mujer a la que estaba conociendo que tanto le gustaba le dejó. Ésta tenía que marchar de visita a otro país, y ya que estaba, decidió cortar con él. Entonces sintió algo que nunca antes había sentido, quizá porque sus cosas le cegaban y sólo se centraba en pasarlo bien con su dinero.
Hecho polvo al verse de nuevo solo, se tiró en el sofá y comenzó a reflexionar acerca de su vida, cosa que nunca antes había hecho. Su satisfacción y alegría causada hasta aquel entonces por su carácter materialista se esfumaron, y sólo le quedaron su mente y su corazón.
Se incorporó. Estiró la mano, agarró un lápiz, y muy lentamente escribió en un pedazo de papel:
Para qué quiero todo lo que tengo, si no te tengo a ti.
Esa tarde fue la última vez que se gastó dinero en callar su corazón.
