Las calles huelen a frío, aunque no hace falta más que un abrigo fino para no sentirlo.
Los vecinos hacen de comer e inundan el pasillo del edificio de diferentes olores, pero todos se mezclan y predomina el más corriente: puchero.
En los balcones se ven las vidas de las casas.
Un perro destrozando un folleto, un hombre arreglando algo a martillazos como a diario, otro tendiendo su chaqueta al sol y las flores de todos los colores y tamaños haciendo su fotosíntesis.
El sol ilumina e inunda con su luz la fachada de los edificios de enfrente. Nadie parece querer salir al balcón y disfrutarlo agusto con un zumito de naranja, excepto la vecina a la que todavía no le ha llegado el sol a su terraza y desea que lo haga pronto.
Los árboles sí disfrutan de este sol radiante de noviembre. Sus hojas bailan con el viento, y el sonido de las hojas crea una armonía deliciosa que escuchar y sentir. Estoy segura de que cada uno de los árboles se imagina a sí mismo tomando el sol tranquilo en alguna playa exótica. O simplemente disfrutan del lugar en el que están, y se contentan pensando que alguien los disfruta mucho y agradece que haya árboles tan bonitos en una calle tan familiar.
Las naranjas de los árboles cambian de color y de forma paulatinamente. Cada día tienen un color distinto, y cada día falta menos para que llegue el momento de su madurez.
Entonces serán recolectadas una por una y enviadas a diferentes tiendas, mercados y grandes almacenes, donde serán expuestas en masa al consumidor. Las personas las comprarán, fijándose en que sean más baratas que otras.
Y yo me pregunto; ¿alguien se parará a pensar de dónde vienen esas naranjas? ¿se sentirán agradecidos por tenerlas, después de que ellas hayan pasado todo el otoño madurando y tomando el sol sin que nadie se fijara en ellas?
Es un día soleado de noviembre.
Y yo pienso y dudo como de costumbre.





